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Actualizado hace 44 minutos

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Opinión
06:58 AM / 09/07/2018
Padecer de pobreza
Juan Guerrero articulista camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1
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 “Yo viví esa fantástica y dolorosa historia. Eran nuestros vecinos, padrinos de una de mis hermanas. Esa vida de opulencia y hedonismo retrató una parte de la historia de nuestra sociedad, mal acostumbrada a la entrada del dinero fácil”.

En mi niñez conocí al señor Flores. Era un típico maracucho de inicios de los años sesenta. Padre de familia, electricista y buen taxista. También criaba pollos y era bebedor.
   Un buen día recibió un telegrama donde le informaban que había heredado 40 morocotas de oro. Desde ese día la casa de la familia Flores, en la urbanización Urdaneta de Maracaibo, no cerraba sus puertas. Aquello era una fiesta continuada. Se juntaban los días, noches y madrugadas. La señora Elvia no se daba abasto para atender a los alegres visitantes que desfilaban para abrazar a su esposo, mientras alzaban los vasos llenos del mejor güisqui y champán. Diariamente se asaban kilos y más kilos de lomito y piernas de cochino.
   La voz de Felipe Pirela salía por los parlantes del picó en la sala atestada de sonrientes bailarines improvisados. Todo era alegría y abundancia. El Sr. Flores aprendió a encender habanos con billetes de 10 bolívares, que después nos lanzaba a los niños quienes danzábamos a su alrededor.
   El Sr. Flores hasta se compró una hacienda con cochinos de raza. De esos que tienen el hocico levantado. Él no sabía ni de ganadería ni de agricultura. Pero era lo de menos, sus nuevos amigos, y amigos de los amigos, pronto lo asesoraron entre celebraciones y firma de cheques y pagarés. Los bancos le extendían créditos mientras él pagaba las cuentas de bautizos, cumpledías, matrimonios y viajes de familiares y conocidos.
   Hasta que un buen día las morocotas se le acabaron. Pronto los amigos desaparecieron. Las facturas de pagos de todo tipo se iban acumulando. La Sra. Elvia tuvo la precaución de pedirle que cancelara la vivienda y la pusiera a su nombre. En uno de sus momentos de sobriedad firmó los documentos de la casa.
   Pronto los bancos iniciaron los trámites legales para recuperar los préstamos. El último cochino de raza se lo comieron casi que en secreto. Porque no había nada más que comer. La opulencia y el derroche se esfumaron en la humareda de habanos y olores de buenos licores. El Sr. Flores se quedó en la pura pobreza. Los hijos se casaron y la Sra. Elvia era quien se mantenía a su lado mientras él, temblando por tanto güisqui en las venas, no podía volver a su trabajo como electricista ni tampoco como taxista, porque su cadilac se lo habían embargado.
   Yo viví esa fantástica y dolorosa historia. Eran nuestros vecinos, padrinos de una de mis hermanas. Esa vida de opulencia y hedonismo retrató una parte de la historia de nuestra sociedad, mal acostumbrada a la entrada del dinero fácil. 
   Con absoluta seguridad sé que cuando no hay esfuerzo en el trabajo, cuando no hay educación formal, sistematizada y fortalecimiento de valores, se confunde el sentido de riqueza con abundancia de bienes materiales. 
   La Venezuela del siglo XXI es una nación con una sociedad absolutamente empobrecida, casi desde todos los ángulos. La pobreza siempre está vinculada a la debilidad, a la escasez, a lo atroz del sufrimiento. Es sinónimo de padecimiento, de tristeza, sometimiento y agonía. 
   La pobreza tiende siempre a visualizaciones extremas, como a los rostros famélicos y la presencia de personas esqueléticas, temerosas e inseguras. Es un miedo ancestral para levantar la mirada y atreverse a sobreponerse a las miserias de la vida.  
   Porque los actos de la pobreza no están únicamente en la falta de alimentos. Están insertos en la profundidad del ser. Por eso debemos afirmar que el ahora es el tiempo de la voluntad para crear riqueza. 
   La principal riqueza es la del conocimiento que proviene del esfuerzo, tanto del estudio como del trabajo continuos, de capacidad para consolidar una familia y asegurar su futuro. También la riqueza intelectual, psicológica y espiritual fortalecen y fijan los principios para asegurar el bienestar de una sociedad. 
   Aquello que escuchamos, de la humildad emparentada con “lo pequeño y pobrecito de alma para ir al cielo”, es una burda estrategia de mal intencionados para captar incautos, tanto en religiones como partidos políticos. 
   Debe entenderse que solo y únicamente las personas absolutamente ricas, que tienen abundancia de conocimiento académico, intelectual, psicológico y espiritual, y además poseen bienes materiales dignamente logrados, son capaces de alcanzar paraísos. Sea de cielos esplendorosos, sea de reconocimientos terrenales.
   Es mentira que los pobres heredarán los cielos y la vida eterna. Los pobres se quedarán con su carga de infelicidad donde están, en el Purgatorio de una vida de estrechez y miedos. Seducidos por los agentes de la manipulación que los compran por una caja de comida.
   De la pobreza tenemos que escapar como quien se aleja de una enfermedad contagiosa. La pobreza es una lepra que desgasta, fractura, quiebra y lacera toda humanidad. Dios y los maestros espirituales siempre han sido realidades de abundancia. De riqueza religiosa, mística y espiritual. Seres estéticamente hermosos como divinidades (divinitas) que modelan actos virtuosos, de elegancia en su equilibrio y exactitud mística. Por eso vivir practicando el bien imita a Dios. 
   El mal es pobreza, desorden y lamentos. De la pobreza nada bueno se debe esperar salvo escapar de ella.

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