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Actualizado hace 26 minutos

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Opinión
06:30 AM / 23/04/2019
Juego de tronos mentales
Ylich Carvajal Centeno

Arrancó la última temporada de Juego de Tronos y de repente el mundo es mejor. La realidad se vuelve insoportablemente leve, al fin y al cabo la culpa es de la vaca y la vida es una alquimia volátil marca Paulo Coelho. Todo se vuelve inoportuno, intrascendente, fatuo y vacuo mientras duren los seis episodios, después veremos qué hacemos con nuestras vidas.

Y es que desde The Walking Dead y Prison Break la gente parece vivir exclusivamente de su ración de fantasía televisiva, cuál de ellas más sórdida, más violenta y cruenta, sexualmente bizarra que, a diferencia de las viejas fantasías librescas donde el bien solía batirse heroicamente contra el mal, estas en HD son un torneo de maldades, infamias y bajezas. La maniquea visión del protagonista totalmente bueno contra el antagonista totalmente malo ha sido sustituida por una tensión discursiva en la que no queda claro cuál de los dos es más maldito.

Todos seguramente recordamos a las señoras de antes y su embeleso con la novela de las nueve, pero ahora no hay quien se salve. En quien vos menos pensáis y cuando menos te lo esperáis emerge el “homo televisus” y arranca a comentar y a discutir sobre la serie de marras como si de economía o política, incluso deportes, se tratara.

Que la vida es imaginación, de acuerdo. Que la creatividad es una tensión entre razón e imaginación, no hay dudas, pero de lo que ahora se trata es de la imposición de un imaginario global, artificialmente coloreado y saborizado que termina por invadir nuestras conversaciones en la familia, en el trabajo, en la escuela y en la universidad, en el cafetín donde otrora se hablaba de política, en las peluquerías donde se hablaba de los brollos, en las esquinas en las que hablaba la tradición, en la parada del autobús y en el autobús. En las colas y en el ascensor donde sólo se hablaba del calor. Hasta en la Iglesia donde hablábamos con Dios.

Nuestras vidas y las de nuestros prójimos parecen ser tan aburridas que ya no hablamos de eso, de nuestras vidas y preferimos hablar y en ocasiones discutir airadamente sobre la falsa vida de los personajes de una serie de televisión.

¿Hasta qué punto el mundo de la fantasía televisiva gana más espacio en la mente y en la conciencia de los ciudadanos que los asuntos de la realidad política, entendiendo ésta en el sentido aristotélico de vida en la polis, en la ciudad, como proyecto de convivencia?

¿Hasta qué punto la vida de estos personajes de ficción, sus modos, su lenguaje, su estética y su ética terminan influyendo en el gusto, las opiniones y al final hasta en las decisiones de los ciudadanos comunes que las siguen y que las conocen mejor que la trama política o económica de sus países que al fin y al cabo son determinantes en su vida? El juego de tronos de la política real, de los manejos económicos, religiosos, culturales que definen a un país.

Tengo la impresión de que a la gente cada día le interesa menos la realidad vista en televisión, no sólo porque cada vez ve menos noticieros y programas de opinión, lee menos periódicos y navega más en ese mar de engaños que son las redes sociales, sino porque cada día la desconectan más de la realidad a la que se supone accede a través de los llamados medios de comunicación social.

En nuestras sociedades anónimas y enormes, que tienden al desorden y al caos, en las que cada vez es más evidente la ausencia del Estado y otras instituciones que servían de mediadoras o de “mediaciones” ¿se podría decir?; en las que el espacio público hegemónico son los medios de comunicación pero éstos han renunciado a ser medios y se han convertido en parte, han renunciado a los hechos y a la búsqueda de la verdad para tratar de imponer una “realidad” a escala de sus intereses financieros, estamos a merced de los bufones.

Por esa vía la última temporada de Juego de tronos tiene más interés que la saga de Juan Guaidó que los medios cuentan parcialmente. Si la contaran con toda la crudeza con la que suelen contar la vida de los personajes de ficción, en sus aciertos y en sus desaciertos, en todas sus contradicciones, tendría mayor interés para las audiencias pero fracasarían en sus propósitos políticos.

Por esa vía, Guaidó y su saga termina siendo más falso o menos creíble entendiendo creíble en cuanto a calidad de verosímil, que su relato se corresponde con la realidad, que Jon Nieve. Al fin y al cabo la ficción para ser televisivamente creíble lucha y se empeña por ser verosímil en su argumento.

Aun así, ya sea por la realidad editada de sus noticieros y programas de opinión o por la seducción de la ficción televisiva, no deja de asombrarnos como el huésped alienante como lo llamó Marta Colomina o El mago de la cara de vidrio como lo tildó Eduardo Liendo, ahora en HD y globalizado, sigue ejerciendo eficazmente el sutil control de la ideología imperante.

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