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Opinión
06:00 AM / 21/04/2019
Inquisición 2.0
Rafael Ramírez

El dos veces presidente del Perú, Alan García, se suicidó el pasado 17 de abril, pegándose un tiro en la cabeza y poniendo fin así, de manera dramática, al acoso judicial del que era objeto. Un importante líder político peruano, dirigente del APRA, ex presidente, de tendencia socialdemócrata, apreciado por sus colegas de la región, en un acto desesperado, harto de tanta infamia y hostigamiento, se quita la vida y deja para la posteridad y la conciencia política de su país y la región, su último acto como un sacrificio en el altar de la infamia. Vayan mis respetos a su memoria y mi solidaridad a su familia, amigos, compañeros y pueblo peruano.

Pero esta situación de “judicialización de la política” o el “Lawfare”, igual pasa en Argentina, con el acoso por parte del Poder Judicial, contra la presidenta Cristina Kirchner y contra su propia hija, con el encarcelamiento de destacados dirigentes políticos de su gobierno como el ex ministro Julio De Vido. Igual en Brasil contra la presidenta Dilma Rousseff; el encarcelamiento y las condenas absurdas al presidente Lula Da Silva. Lo mismo en el Ecuador, con la persecución y exilio contra el presidente Correa, ahora también, del canciller Patiño, el encarcelamiento del vicepresidente Jorge Glass. También sucede en Venezuela, con el acoso judicial y exilio en mi contra, como ex ministro del presidente Chávez, el encarcelamiento del ex ministro Mayor General Rodríguez Torres, el encarcelamiento y muerte en custodia del ex ministro Nelson Martínez, el encarcelamiento de cientos de trabajadores de todo el país, de PDVSA, dirigentes políticos y oficiales de las Fuerzas Armadas Bolivarianas.

En todos los casos, las características son las mismas: los factores que están en el poder, llámense macristas, bolsonaristas, maduristas o morenistas, utilizan la justicia como instrumento para la persecución política. Un Poder Judicial, actuando de manera parcializada, como un apéndice de los factores en el poder; el Fiscal de turno, abusando de sus potestades, arremete contra los dirigentes políticos de izquierda, revolucionarios; o los que sencillamente, le hacen oposición o significan un riesgo para el grupo de poder al cual ellos representan.

El argumento es el mismo: “corrupción”. Una acusación genérica, sin pruebas, alimentada o acompañada de una brutal campaña de desprestigio en los grandes medios de comunicación, “palangristas” o las llamadas redes sociales, el twitter y toda la industria de la infamia. La utilización de todos los medios y recursos del Estado para la persecución política, los presidentes, convertidos en acusadores y verdugos, sentencian, condenan, ni siquiera guardan las formas, sufren de incontinencia declarativa, ellos son los nuevos “jefes”.

En nuestro país, las infamias no son nuevas. El mismo Libertador Simón Bolívar fue víctima de la persecución de Páez, Santander, Flores y todos lo que lo veían como un obstáculo para avanzar en sus propios planes de poder. Asesinaron a Sucre en Berruecos y llevaron al Padre de la Patria a la “puertas del sepulcro”, en Santa Marta, donde desde su lecho de muerte, dirigió su última proclama a los colombianos, no sin un dejo de dolor y tristeza: “Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono...”

También podemos remontarnos a la historia de la infamia en el mundo desde la crucifixión de Jesús, el colonialismo, la inquisición, las guerras mundiales, el nazismo, el genocidio y tantos otros episodios de la degradación de la condición humana, de la violencia.

Las expresiones de odio y la narrativa de la intolerancia han existido desde tiempos inmemorables, solo que ahora, estos se potencian de manera superlativa por la tecnología, por las redes sociales y la capacidad que tienen las grandes corporaciones, económicas y mediáticas de influir, en cuestión de segundos, sobre situaciones concretas; generar y manipular fenómenos políticos y sociales, hasta llegar a la guerra o aniquilación de sus contrarios, sean personas, Estados o países enteros.

Se trata entonces, de lo que podemos llamar, una Inquisición 2.0, porque su nuevo espacio de propagación del odio, del discurso intolerante, la descalificación y el linchamiento moral, son las llamadas redes sociales, los medios digitales y las más avanzadas técnicas de manipulación, de las que hacen uso las grandes corporaciones mediáticas; quienes se constituyen en nuevos tribunales, con juicios sumarios, que siempre, pero siempre, responden a la postura política de los intereses que representan.

Venezuela, el país del miedo.

Veamos cómo funciona esta Inquisición 2.0 en nuestro país, el país del miedo. Nicolás Maduro, decide junto a su círculo íntimo, destruir a quien considere su enemigo, porque es un obstáculo a su propio plan político; o porque, sencillamente, se trata de neutralizar o destruir a los que lo adversamos desde el campo revolucionario, contra los que se actúa con mayor saña pues le recuerdamos a Chávez.

La agresión ya decidida, es, sin embargo, precedida por una intensa campaña de descrédito en las redes sociales. El gobierno, utilizando recursos del Estado y sus operadores económicos, ha conformado, con apoyo externo, una inmensa plataforma de “bots” y grupos de tuiteros. En cada Ministerio, organismo del Estado, gobernación, alcaldía, existe una nómina entera, dedicada a la plataforma de tuits. En muchos casos, no saben contra quién disparan; en otras, no les importa. Reciben instrucciones del ministro de la manipulación y mentira Jorge Rodríguez o de cualquiera de los nuevos “jefes del país”. Tienen una lista de dirigentes a quienes deben atacar, destruir, vilipendiar. No importa de qué se trate, qué diga la víctima, hay que atacarlo, utilizando el argumento de la corrupción, el insulto, o cualquier cosa, mientras más baja y más ruín sea, mejor. Otro equipo, maneja la guerra sucia, allí se trabaja montando “ollas” y “falsos positivos”, todo ésto es la antesala a una declaración infame de Maduro o de Tarek William Saab, normalmente en Cadena de Radio y Televisión, en cualquier acto de Estado, o acto público, incluyendo funerales; luego, viene una acción judicial, un allanamiento o una detención-secuestro de los cuerpos de seguridad.

La acción de los grupos de tuiter, los “bots” y “salas situacionales”, han logrado manipular las percepciones, a llenar la plataforma de basura, desinformar, confundir, crear tendencias de lo que sea. En estas operaciones se invierte mucho dinero del Estado Venezolano, mucha gente ha hecho de ésto un gran negocio, existen tarifas ya establecidas, todo en dólares. Éste es un gobierno de Twitter.

En paralelo, los medios de comunicación impresos, televisivos y digitales, adquiridos por el madurismo, a través de sus testaferros, imponen una línea editorial de la que no pueden desviarse, solo reflejan lo que conviene a Maduro, silencian a sus oponentes, los censuran. Algunos más agresivos por estar más vinculados al grupo de poder y sus negocios, brindan sus espacios para que los personeros del gobierno mientan descaradamente, insulten o amenacen a sus oponentes en sus programas de mayor “rating”, por supuesto, sin derecho a réplica. Los pocos medios privados que quedan, la radio, se autocensuran por presión del ministerio de la MyM. Hay medios digitales que actúan bajo la misma pauta, pero que ni siquiera vale la pena mencionar, dirigidos por individuos sin ningún tipo de consistencia moral o ética.

Como una consecuencia de la Inquisición 2.0, viene la acción en el terreno, directa. Cuando Jorge Rodríguez lee una lista de los supuestos miembros de un nuevo “plan conspirativo”, sea el “ataque del Dron”, la “confesión” de Palomo o el prolífico teléfono de Roberto Marrero, tan parecido a la computadora de Reyes, entonces viene una acción de los cuerpos de seguridad, cunde el pánico entre los mencionados, vienen las carreras, vence el miedo. Cuando Tarek Willians Saab, declara con sus falsas posturas, tratando de contener sus propias carencias, en un intento vano de justificar el exceso ya cometido contra alguien, insultando o acusando-condenando a la víctima, ya se sabe que no hay nada que hacer, viene una agresión, no habrá derecho a la defensa, debido proceso, garantías de ningún tipo. Maduro, se reserva para los que considera sus enemigos acérrimos, cuando lleno de odio, expresa sus propias miserias, abusando de los poderes del Estado, arremetiendo contra alguien, entonces se desatan los demonios, todos aplauden la cabeza que rueda, sus incondicionales actúan de inmediato: hay que borrar a la víctima de la historia, hay que esparcir el odio contra todo lo que haya estado vinculado al “caído en desgracia”, se le expulsa del PSUV, se le degrada de las FANB, se borra de las fotos, se exigen traiciones, infamias, se evita hasta el habla, la llamada al antiguo compañero de lucha, se desconoce o niega la relación, las posturas compartidas, triunfa el miedo, la infamia, se degrada la calidad humana. Es más conveniente, aplaudir, que pensar.

Para que estas operaciones tengan el efecto deseado, que no es más que paralizar al país, dividir y desmovilizar al pueblo, imponer el silencio, la indiferencia, el individualismo, abandonar la empresa, la institución, el hogar, la Patria, debe crearse el ambiente de miedo, de terror paralizante. En esto, es en lo único que el madurismo ha sido efectivo: instalar el miedo en la sociedad.

Habitación 101, del ministerio del amor.

El gobierno ha instalado en el inconsciente del ciudadano el mundo Orweliano de 1984, la temible “habitación 101, del ministerio del amor”, donde la víctima es llevada al extremo de traicionar los últimos vínculos humanos, en nuestro caso, las relaciones precedentes, filiales, de amistad o principios políticos, admitiendo subordinación a “lo que Maduro diga”. Esto se ha logrado instalar haciendo uso extremo de la violencia. La muerte de más de 130 venezolanos en episodios de violencia en la calle; la voladura con un cohete de Oscar Pérez, rendido y pidiendo la presencia de la Fiscalía (que jamás apareció) para entregarse ; la muerte de Albán (“suicidado” desde el edifico sede del SEBIN); la violencia en contra de PDVSA, de sus trabajadores; los operativos policiales desproporcionados, con rostros cubiertos y armas largas para las detenciones, la captura de madrugada de ministros transmitida por VTV, “la Tumba”, el aislamiento, la amenaza, la degradación de las ya paupérrimas condiciones del preso secuestrado a peores cárceles, la vejación al preso, los castigos permanentes; el secuestro de cuanto trabajador reclame sus derechos; el secuestro u hostigamiento a los familiares de los perseguidos políticos, la muerte de campesinos a manos de sicarios; la actuación del FAES, de los grupos parapoliciales o paramilitares, reprimiendo el pueblo en los barrios, matando, haciendo lo que les da la gana; la impunidad, la ausencia de garantías, la influencia y participación que tienen los pranes hasta en las discusiones de los Contratos Laborales; la sensación de que no hay ley, ni justicia, de que éste es un gobierno de malandros, donde no hay estado de derecho, ni garantías de ningún tipo, ese ha sido el logro de Maduro. Triste fin para la Revolución Bolivariana.

Atrás quedó el Estado de plenas libertades y garantías del gobierno del presidente Chávez, de la Constitución Bolivariana, la democracia participativa y protagónica. Por lo que todos luchamos. Nosotros no luchamos por ésto, éste no era el sueño.

Hoy día, se ha establecido un sistema extraño a nuestra idiosincrasia, autoritario, represivo, intrusivo. Las oficinas de la administración pública, las empresas e instituciones del Estado, son espacios del miedo; nadie se atreve a hablar, pensar, decir, reclamar, opinar, tienen miedo de enviar correos, borran los mensajes de sus celulares, disimulan en los “chat” del trabajo y nunca se sinceran con nadie. El Poder Popular está desmantelado; igual, las Misiones, otrora espacios de la democracia participativa y protagónica. Cualquier actividad de la vida diaria: obtener un documento, salir de viaje, trabajar, comer, moverse, desplazarse de un sitio a otro, se convierte en una calamidad: el chequeo, las preguntas, la indagación, la revisión de teléfonos, las preguntas capciosas, la presunción del delito. La manipulación que hace el madurismo con las necesidades y problemas que ellos mismos han creado, es una vergüenza, una humillación permanente, la degradación del pueblo: “si reclamas no hay caja Clap”, o “no hay bono”, o “te quito la casa de la Gran Misión Vivienda Venezuela”, o “te suspendo el sueldo”, o “te voto del trabajo” o “vas preso”.

De otro lado, los grupos más extremistas de la oposición actúan de manera similar, intolerante, violenta. Igual han cedido sus espacios a los “influencers” de las redes sociales, al tuit, no hay ideas, opiniones, discusiones, posiciones sensatas, se imponen las posiciones extremas por el chantaje, la presión social de las élites, el miedo. Llaman abiertamente a una invasión, a la guerra, están dispuestos a pasarle un tractor a la otra mitad del país, sólo prometen arrasar al chavismo, a las instituciones y entregar lo que queda de las empresas del Estado. Por eso, están entrampados en el juego de Maduro.

En el caso de los sectores de la oposición, se ha creado un negocio muy lucrativo, que se paga en dólares, se paga bien. Son los llamados “periodistas de investigación”, “influencers del tuiter”, tienen sus propios portales, trabajan en grandes medios con claras posiciones políticas; allí se montan ollas internacionales, se trabaja para grupos de interés muy poderosos, a sueldo de organismos de inteligencia foráneos. Muchas veces, más de lo que sus seguidores se imaginan, reciben dinero del madurismo, trabajan para ambos lados, para el que le pague mejor. Igual hacen ciertos diputados de oposición que se “desgarran” las vestiduras, de un discurso procaz, amenazan y amagan, pero están acordados con el madurismo, reciben dinero y favores; desde la Asamblea Nacional, participan del linchamiento o ataque a los enemigos del madurismo, desmovilizan a la oposición. No hay ética, no hay ideología, no hay principios. Es así de sencillo, y de triste, sobre todo, porque a partir de sus ollas, se montan campañas de acoso, persecución, que terminan en tragedias personales para la víctima, prisión o incluso, la muerte, como el triste caso del ex presidente Alan García.

Es una nueva inquisición, donde personajes nefastos, desde presidentes, pasando por fiscales, hasta los palangristas 2.0, con poder político, o dinero, o como parte de una operación multinacional, asalariados de la infamia, son capaces de destruir la vida de cualquiera, condicionar situaciones políticas, provocar golpes de Estado, prisión, invasiones, suicidios, dolor. Son nuevos tribunales de la intolerancia y el odio, sin reglas ni principios de ningún tipo. Los que, desde el campo Bolivariano participan de este juego, o guardan silencio frente a la hoguera, tarde se dan cuenta, que ellos también serán víctimas. Lo he dicho reiteradamente, es indispensable rescatar el ejercicio de la política con “P” mayúscula, el debate de las ideas, la tolerancia, el pensar en grande, donde prevalezcan los principios, la ética. Si nó, seguiremos siendo víctimas, como país, de la negación de la razón, del triunfo del odio, de este nuevo tipo de Inquisición 2.0, perversa, eficaz, inhumana, cruel.

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