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Actualizado hace 44 minutos

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Opinión
11:19 AM / 18/06/2019
El día después
Juan Guerrero
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He escuchado decir que este país y esta sociedad no tienen remedio. Que esto que nos ocurre en la Venezuela del socialismo del siglo XXI es por nuestra flojera, por nuestra incapacidad para rebelarnos y reclamar nuestros derechos.

Pienso en quienes dieron su vida por reclamar sus derechos, o en aquellos que se encuentran secuestrados en los sótanos de ese infierno llamado La Tumba. Vuelvo otra vez a las estadísticas de las organizaciones que constantemente monitorean el fenómeno social venezolano. Indican que en los primeros 3 meses de este año hubo cerca de 6000 protestas, entre marchas, plantones, cierre de vías, manifestaciones y hasta huelgas de hambre.

El venezolano ha perdido, en promedio, entre 15-18 kilogramos de masa corporal. El año pasado se contabilizaron en los enfrentamientos contra el régimen, poco más de 140 asesinatos, y en lo que va de este año, supera los 80 ajusticiados.

No. No es verdad que el venezolano sea un ciudadano conformista ni cobarde, como irresponsablemente indican ciertos mensajes por las redes sociales. Ocurre que la barbarie de la anormalidad arropa la cotidianidad de quienes resistimos la férrea tortura de todos los días, impuesta por el carnicero de Miraflores y sus pandilleros.

El Estado venezolano nos tortura, persigue, humilla y veja diariamente. Las 24 horas del día. Usa todos los medios posibles para mantener a la población en constante incertidumbre y sosiego. Cuando en la cotidianidad no encuentras gas doméstico para cocinar, inicias la precaria ruta de la carga de las pesadas bombonas para adquirirlas. Si tienes suerte, pagas con sobreprecio y además, debes darle al vendedor un kilo de algún producto básico: azúcar, arroz, harina de maíz.

Con la mueca de felicidad y el cargo de consciencia por el acto cometido, vas a tu casa para instalarla y comenzar las labores de cocina. Pero entonces, no hay agua. Tienes que iniciar el calvario de vagar por el vecindario para obtener un poco de agua potable. Así pasas algunas horas del día.

De pronto te percatas que en esa búsqueda del gas y después del agua, agotaste tu tanque de gasolina. Debes buscar una estación de servicio que esté funcionando y además, que las casi infinitas colas te permitan llegar al surtidor.

Si tienes suerte, perderás en promedio cerca de 4-5 horas. Hay ciudades y pueblos, como Tabay, en Mérida o San Cristóbal, en Táchira -por no mencionar a Maracaibo- donde el promedio se contabiliza en 4-5 días.

Mientras estás en la cola con tu vehículo te asaltan la duda, la incertidumbre, ese pensamiento de la mala suerte que hace de esos momentos, instantes de tortura psicológica, espiritual. Al final, después de varias horas y con un sol propio de este trópico caribeño, la incertidumbre y la duda se revelan y zas!, la electricidad la cortaron y cierran la estación de servicio. O como me ha ocurrido cuando apenas faltan tres vehículos, al militar que administra el tiempo de funcionamiento de la estación de servicio, se le ocurre mandar a cerrar.

Entonces te bajas del vehículo, te acercas al oficial y comienzas a rogar pidiendo que te permitan 10, 15 litros de gasolina. Pero el hombre permanece inmutable. Ni los ruegos de tu mujer que le dice que es para llegar a la casa de su mamá para llevarle unas medicinas –yo le muestro la bolsa con los antibióticos- despiertan su sensibilidad. Le digo que es una abuelita de 93 años. Nada. -Venga mañana temprano.

Te vas derrotado. Son las 7 de la noche y todavía no has almorzado. Tienes sed. Enciendes tu vehículo para buscar otra estación de servicio pero sabes que a esa hora todas han cerrado. Llegas a tu casa con los hombros adoloridos y te das cuenta que todo está a oscuras. Lograste encontrar gas, un poco de agua. Pero tu vehículo está en rojo por falta de combustible, y no tienes electricidad en tu casa. Terminas comiendo cualquier cosa que logras encontrar en medio de la oscurana.

Todo el día vagando por la ciudad para lograr lo que en otros países es lo normal, lo común y se conoce como servicios básicos del Estado. En la Venezuela del socialismo del siglo XXI todos los días estás sometido a tortura, sea psicológica, espiritual o física por exigir tu derecho humano a esos servicios. Luchas, resistes, te enfrentas a los colmillos de la barbarie constantemente. Eres derrotado pero intuyes que la guerra sigue y respiras.

La miseria y el desamparo te persiguen permanentemente. Todas las mañanas cuando dejo a las chicas en su trabajo, porque hago transporte, -ahora le dicen uber- observo a una familia entera hurgando entre las bolsas negras para alimentarse. El señor, la señora, una niña y un joven. Doy marcha en mi vehículo medio “parapeteado” y me invento una historia. Una fábula que hilvano muy metódicamente.

Es el mismo deseo que encuentro cada vez con mayor certeza cuando converso con mi esposa, con mis seres queridos, con mis amigos. Cuando leo mensajes por las redes sociales. En la inmensa mayoría de mis hermanos venezolanos constato el ansías del cambio. La seguridad de una voluntad de reconstrucción. La fe de creer primero en nosotros mismos. En nuestras capacidades y fortalezas.

En todo profesional venezolano que se ha quedado anida un proyecto de vida, un plan para salir de la catástrofe humanitaria, un estudio para desarrollar un emprendimiento. Las organizaciones de solidaridad desde hace varios años han entrelazado sus objetivos y se han fortalecido. En todos los estados y ciudades existen organizaciones de ayuda humanitaria.

Cientos de ONG’s vigilan desde sus ámbitos de trabajo y realizan estudios, investigaciones y han diseñado modelos de gobernabilidad para nuevas estructuras de desarrollo en cada una de las áreas y atacar esta descomunal catástrofe humanitaria.

El pedazo de país que ha sido obligado a vagar por el mundo hoy se erige como un rostro cada vez más claro, que aporta su ayuda solidaria a este inmenso llanto. Más de 4 millones de venezolanos son una fuerza laboral y espiritual que bajo sus hombros sostiene a familias enteras en este campo de concentración nacional.

No. No nos derrotarán jamás. El país posible se construye en medio de esta guerra de tercera generación. Esta invasión de fuerzas militares, paramilitares, del narcotráfico y terrorismo internacional que se apropió del suelo patrio, será expulsada a fuerza de coraje, valentía, constancia y organización de sus ciudadanos.

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