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Experiencia Panorama
08:44 AM / 03/06/2018
La proeza de estudiar en LUZ
Adriana González Boscán
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Berioska Pérez

Es temprano, el sol marabino aún no arde y Alejandro Andrade está esperando una unidad del transporte público que lo traslade desde Sabaneta hacia la Facultad de Ingeniería de la  Universidad del Zulia (LUZ). Los minutos pasan lentos, sin lograr aún el cometido. Tiene hambre y cabecea del sueño pero no piensa rendirse. Sigue esperando.

 

Como una proeza, digna de honores, se puede calificar la perseverancia de los estudiantes como Alejandro,  que a pesar de las dificultades que enfrentan a diario, continúan sus carreras.

 

Él consiguió efectivo de manera ilegal para transportarse: lo compró a vendedores de dinero al 150%. Todo sea por no faltar a clases. “Estudiar es caro”, pronuncia, explicando que siempre busca la manera de transportarse en autobús o de ocupar un solo carro ‘por puesto’ para no gastar los billetes que tanto sacrificio costaron. Cuando no puede tener el dinero en mano, el juego cambia. En “colas”, pidiendo prestado o a pie —de Gallo Verde a Cecilio Acosta—, son las opciones a las que se ha resignado.

 

Ha pasado media hora y sigue la espera. Parece eterna, pero a eso se reduce continuar los estudios para obtener su anhelado título universitario, ser profesional y enorgullecer a su madre.

 

El trasnocho comienza a tener efectos en el cuerpo de Alejandro. El agotamiento acumulado se le ve en las ojeras. La noche anterior estudió para el examen de termofluidos, pero no fue una sesión de estudios como otra. Los apagones trastornaron todo.

 

Se había reunido con otros compañeros, “los pocos que quedan en  el país”, especifica. Estaban preparados con sus calculadoras, guías, cuadernos y lápices…  hasta que un corte eléctrico a las 7:00 pm les alejara del propósito.

 

“Desde que comenzaron las fallas y los cortes eléctricos  se hizo más complicado  estudiar. Llegábamos a la hora que podíamos a casa de un amigo a estudiar para los exámenes y se iba la luz sin preaviso, con todo y que publicaron un cronograma. Todavía pasa lo mismo, pero hasta sin luz hemos tenido que hacerlo. Velas y linternas, porque si nos dejamos llevar por eso no levantamos cabeza”, dijo el joven de 24 años.

 

Por fin llega el autobús. Alejandro se embarca y está un paso más cerca de su meta académica, se lo repite para no desfallecer. Le faltan tres semestres para culminar materias y comenzar la tesis. El brillo en sus ojos aparece y la voz le cambia. Poseído por la pasión, sus palabras dejan en evidencia que conserva el optimismo que muchos perdieron.

 

Llega a la universidad y saluda a los pocos  que no han desertado. La soledad es una constante en las instalaciones, donde antes transitaban, entre la  muchedumbre, los alumnos.

 

La mayoría de sus compañeros se retiró, confiesa. Unos se fueron del país, sin hacer su procedimiento de cierre académico. Abandonaron por completo lo relativo a LUZ. Le dieron la espalda a su carrera a medio andar para hacerse camino en el extranjero. Otros, cambiaron las aulas de clase por trabajos. “De 35 alumnos que podía haber por cada 7 salones de un ala, solo tres aulas están activas ahora con 15 muchachos como máximo”, detalla, preocupado.  

 

Un amigo le saluda. Acompaña la conversación y suelta: “Hay muchos que tenemos la cabeza más pendiente de comer que de estudiar. Yo soy uno de ellos”. Así lo aseguró, sin reparo, José Villalobos, estudiante de ingeniería geodesta, “golpeado” por la crisis económica que vive el país. Como él, muchos batallan contra el hambre para ir a clases. Un estómago vacío es enemigo del rendimiento académico y, con frecuencia, Villalobos no tiene qué comer. Trabaja más de lo que estudia... y está considerando abandonar.

 

Pero en tiempos de crisis, la solidaridad de los estudiantes se ha engrandecido. “Entre nosotros no nos dejamos morir. Cada quien ayuda para que sea más llevadera la situación. Si alguno no lleva  comida, compartimos igual cantidad para todos o reunimos para comer. Igual económicamente: Si a alguien le faltan pasajes, le prestamos o se queda a dormir en casa de alguno, para que no pague”, contó, y rechazó  que el pasaje estudiantil se irrespete.

 

Pero aún así, las duras condiciones llevan a  desertar. Otro amigo de Alejandro, según cuenta, se tambalea entre renunciar a su sueño de ser ingeniero o trabajar para ahorrar e irse del país. La desmotivación lo ahogó por completo. No quiere saber nada de paros estudiantiles ni de crisis universitaria. Razones de fuerza mayor como con qué comprar alimentos o conseguir efectivo para que les salgan más económicos, le ocupan la mente y el estómago.

 

Pero sus amigos lo mantienen a flote. Lo motivan a estudiar y es lo que lo  tiene aún enlistado en el séptimo semestre, también de ingeniería mecánica.

 

El mismo dilema lo viven los profesores universitarios, situación que ha disparado desde el 2015 la diáspora de personal docente, motivada por bajos salarios, atrasos en los pagos y escasas condiciones  para su  desempeño laboral.

 

No hay cifras oficiales del descenso de la población docente, ya que constantemente se suman nuevos casos, pero la disminución del número de profesionales llegó al 50%, según estimaron  educadores.  Esta  realidad  “varía dependiendo de las facultades”, dijeron.

 

“De 10 excelentes profesores que me dieron clase se fueron seis. Pocos han sido los reemplazos que han llegado. Hacen los concursos para docentes y casi nadie queda, aparte que no tienen una suficiente motivación salarial”, señala Alejandro, camino a clases.

 

   Los paros académicos se suman al drama. Una carrera dura, en promedio, 5 años. Pero la paralización de las clases alarga la cifra. Razones, hay de sobra: salarios paupérrimos, falta de inyección presupuestaria y condiciones de infraestructura son  las más comunes.      

 

 

La dura realidad a la que se enfrentan los estudiantes se refleja en los resultados que arrojó la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Población Venezolana (Encovi) en su  edición anual publicada en  2017: De  9,3 millones de niños y jóvenes que conforman la población estudiantil en el país,  casi el 48% de ellos   no estudia, la mayoría en edades comprendidas entre los 18 y 24 años. Además, 6 de cada 10 jóvenes de la misma edad, no acceden a la educación superior, mientras que un 38% abandona la universidad  para trabajar y contribuir   a los gastos del hogar.

 

Judith Aular, vicerrectora académica de LUZ, reveló cifras que son alarmantes. Dijo que la deserción académica aumentó un 40% en los dos últimos años, y que aún cuando están inscritos no están asistiendo a sus clases.

 

“Es preocupante que ante esta situación se aprobó en Consejo Universitario la resolución de emergencia académica y operativa de la universidad”, señaló.

 

Destacó también que  uno de los problemas más graves que presentan los jóvenes para asistir y que influye en la deserción es el tema transporte. “En varios años hemos solicitado buses nuevos. Este crecimiento que tenemos para modernizar la flota de buses. Tenemos casi 20 años que no recibimos autobuses nuevos. Esta semana llegaron los recursos financieros para recuperar los buses, pero quedamos pasmados cuando verificamos que llegaron 90 millones de bolívares. Con eso no podemos  comprar un caucho o una batería”, dijo.

 

Aular afirmó  que son muchos los casos de estudiantes que “dejan las aulas de clase para trabajar por la alta hiperinflación que hay en Venezuela”.

 

Todo este escenario genera una añoranza por las ‘épocas doradas’ de la universidad. U n título de profesional egresado de LUZ ha sido   más que un sueño, el anhelo de muchos. Un alma máter con 126 años de historia, honor y reconocimientos, de referencia nacional e internacional. Sinónimo de prestigio.

 

 

Alejandro lo sabe. Desde que era niño, sabía en dónde quería formarse como profesional. No podía esperar a culminar su bachillerato para formar parte de la lista de egresados de LUZ.  En el 2011 recuerda cuando emprendió su formación en ingeniería mecánica. La emoción que sentía era indescriptible.

 

Eso era antes. Hoy, batalla para conservar el optimismo que lo mantiene luchando para culminar su carrera. Cada vez que la situación país se arrecia, la tentación de emigrar o de desertar lo circundan. Pero tiene clara su meta.

 

“Estudiar está muy cuesta arriba. No cualquier persona estudia, no todos tienen la fortaleza para seguir. Está tan truncado el camino que les da miedo atravesarlo. Estudiar en LUZ se ha vuelto una carrera a la que no muchos llegan  la meta y eso es triste”, lamentó.

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