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Experiencia Panorama
05:14 PM / 27/06/2018
Correo del Orinoco: Luz de dos siglos
Alexis Blanco
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Archivo

El periodista asiste a la sesión solemne por su efeméride, vestido como el émulo contemporáneo de El Libertador, pensando en las palabras que martillan su mente como una letanía impenitente, justicia de la historia viva: “Mándeme usted de un modo u otro una imprenta que es tan útil como los pertrechos”.

Han transcurrido sendas centurias desde que la orden de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco relampagueó en el río de las siete estrellas en la alborada de la nación que él mismo construyó, desde aquella imprenta con la que editó el primer número del semanario El Correo del Orinoco: “Somos libres, escribimos en un país libre y no nos proponemos engañar al público”. Santas palabras.

Una proeza que se gestó en la isla de Trinidad, desde donde llegó aquella inverosímil máquina movida a brazo, desde la cual se entintaron aquellas primeras cuatro páginas en fino papel de hilo, el 27 de junio de 1818. Aquel asombro llegó a la Angostura, en octubre de 1817. El historiador Manuel Caballero escribe que la prensa llegó dotada de tipos sueltos con fuentes long primer y small pica, sus respectivas itálicas y letras blancas para títulos y epígrafes.

La historiadora Lucía San Martín recuerda que El Correo del Orinoco surgió de la iniciativa de Simón Bolívar de crear un medio propagandístico de la Tercera República para neutralizar la preponderancia de la Gaceta de Caracas, que era el periódico al servicio de la Corona Española. Aún no se hablaba, dice,  de “guerra de cuarta generación” o de “bombardeos mediáticos”. No existían monopolios de la información globalizada, ni el término “posverdad” había abierto un agujero negro en la piel del mapa republicano. Cierta candidez política abrigaba la lucidez de Bolívar.

El cuatro de agosto de 1826, él mismo explicaba a José Antonio Páez tales motivos extraordinarios para El Correo del Orinoco: “Como artillería de pensamiento, educador de masas de hoy y mañana, portavoz de la creación de un nuevo orden económico y de la información internacional desde el punto de vista de nuestros intereses, fiscal de la moral pública y freno de las pasiones, vigilante contra todo exceso y omisión culpable, catecismo moral y de virtudes cívicas, tribunal espontáneo y órgano de los pensamientos ajenos”. Él vive...

Andrés Roderick, el impresor, insurge desde los anaqueles recónditos de la historia fabulada y en el daguerrotipo le imaginamos, con un pulcro pedazo de paño inglés, limpiando con cuidado ese armatoste tipográfico marca “Washington”, que El Libertador le ha comisionado como si se tratare de su vida.

Está allí, sudando la gota entintada, en mitad de la plaza Bolívar, ora de Angostura, ora de Maracaibo, pensando en cómo aprovechar cada instante de aquella prensa marca “Washington” , que él mismo instaló y comenzó a operar en la casa del canario José Luis Cornieles, calle La Muralla, en Angostura. Roderick, fue contratado con un sueldo 50 pesos mensuales desde el 15 de octubre de 1817. En el comienzo se limitó a imprimir boletines, bandos, membretes, decretos, ordenanzas, leyes, resoluciones y otros impresos, para lo que debió tomar previsiones entrenando ayudantes como Tomás Taverner, Juan José Pérez y José Santos e interesando en el oficio a jóvenes que supieran leer y escribir. Un maestro de manos limpias.

Unos decían que era inglés. Otros lo definían como francés. Luego del ciclo inicial de El Correo del Orinoco vivió en Maracaibo un tiempo. Finalmente moritía en Bogotá, en 1864. Siempre estuvo muy claro en cuanto a las ideas de Bolívar sobre la comunicación como herramienta de guerra. Por eso abrazó la causa amando aquel hebdomadario que vió luz un día como hoy, dos siglos ha. Era sábado y, desde esa primera edición, Roderick, devenido en “Impresor del Gobierno” (o del “Supremo Gobierno”) o “Impresor de la República” (o del “Ejército de la República”), el periodista que lo habitó hizo posible la edición de piezas antológicas, como la Ley sobre la repartición de bienes nacionales entre los militares de todas clases de la República (1817) y el decreto que estableció la Ley Marcial dado por Simón Bolívar en diciembre del mismo año. También fue el impresor de la primera Constitución política del Estado de Venezuela, formada durante su segundo Congreso Nacional y desde el Tratado sobre la regularización de la Guerra convenido entre Bolívar y Pablo Morillo.
 

Roderick jamás pensó que, dos siglos más tarde, su esfuerzo multiplicaría su gloria. Desde el Olimpo de los periodistas, uno que fue también un maestro excelso, Ryszard Kapuscinski, nos entrena para comprender la verdadera dimensión del fenómeno de Angostura, a 200 años de su esplendor: “Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje [premio que se otorga en Berlín], y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto”.

Y Andrés Roderick sabía que tenía entre sus manos el gran “scoop”, el evento periodístico que cambiaría para siempre la historia de Venezuela. En diciembre de 1820, marcha hacia Colombia por la ruta de Maracaibo y, entonces, ese azar maravilloso que siempre perfila al periodismo como un arte mayor, le obligará a permanecer en Maracaibo, sembrando aquí una huella indeleble: publicará el primer periódico zuliano, El Correo Nacional. El general Francisco Tomás Morales lo hace prisionero y le obliga a trabajar como impresor realista en la publicación El Posta Español en Venezuela (1822-1823). Luego de la batalla naval del lago (1823), Roderick permaneció en Maracaibo y regresó al servicio de la causa patriota.

Una de las últimas publicaciones que se conocen de Roderick fue la Proclama del Libertador dada en San Pedro Alejandrino el 10 de diciembre de 1830, la cual es divulgada por mandato del general Rafael Urdaneta.

Desde el maestro supremo, Gabriel García Márquez, ensayamos una venia para ECO: “El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”. 200 años después, ese Correo del Orinoco asienta el orgullo del periodismo criollo, más comprometido que nunca.

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